La World Wide Web se entiende mejor con la metáfora del iceberg: por encima de la superficie queda la Surface Web, indexada por buscadores como Google; por debajo se extiende la Deep Web, formada por todo el contenido que los motores de búsqueda no localizan, desde correos electrónicos y banca online hasta bases de datos académicas protegidas. El término lo introdujo Michael K. Bergman en los años noventa para describir precisamente ese contenido no indexable, y un estudio de la Universidad de Berkeley llegó a estimar su tamaño en 91.000 terabytes y más de 300.000 sitios web. La Dark Web, en cambio, es solo una pequeña parte de la anterior: redes de acceso restringido como las darknets, pensadas para el anonimato y popularizadas por actividades ilícitas, aunque también utilizadas por periodistas, denunciantes y usuarios que simplemente buscan privacidad. El medio de pago habitual en estos entornos es Bitcoin, la moneda descentralizada que opera como divisa de referencia tanto para transacciones legítimas como para las delictivas. En la práctica, cualquier usuario navega por la Deep Web cada día al iniciar sesión en su correo o en una plataforma de streaming, ya que basta con tener las credenciales correctas. El acceso a la Dark Web requiere navegadores específicos como Tor, un proyecto de código abierto que cifra el tráfico y permite moverse por direcciones .onion sin dejar rastro. Ambos niveles comparten un objetivo: ofrecer un grado de privacidad que la web convencional, sometida a rastreo masivo por empresas y gobiernos, no garantiza.
