La normativa internacional de protección radiológica parte de la premisa de que cualquier liberación de material radiactivo, por pequeña que sea, es intolerable, al asumir que dosis bajas y cronificadas de radiación ionizante resultan dañinas. Esta idea sostiene el artículo divulgativo de Substack "How to lie about radiation", que repasa la evidencia acumulada y concluye que esa asunción carece de respaldo sólido.
El texto contrasta tres grandes accidentes nucleares (Chernóbil, Fukushima y Three Mile Island) con desastres industriales no nucleares, como la explosión de la planta de pesticidas de Bhopal (1984), que mató al instante a unas 2.000 personas y dejó 550.000 heridos, o la rotura de la presa china de Banqiao (1975), con al menos 25.000 muertos por inundación. Mientras Chernóbil es un nombre conocido en todos los hogares, Bhopal y Banqiao solo interesan a especialistas, pese a haber provocado muchas más víctimas. Según el autor, esa percepción asimétrica ha encarecido la energía nuclear hasta el punto de presentarla como una tecnología lenta y obsoleta.
El caso mejor documentado de exposición crónica procede de Taiwán: entre 1982 y 1984, más de 180 edificios se construyeron con acero reciclado contaminado con cobalto-60, exponiendo durante dos décadas a unos 10.000 residentes a dosis medias de 400 milisieverts. Estudios académicos no hallaron síndromes agudos ni aberraciones cromosómicas relevantes, y las tasas de cáncer aparecieron llamativamente por debajo de la media poblacional. Algunos investigadores, como Chen, lo atribuyen a la hormesis: la idea de que dosis bajas de un estresor activarían los mecanismos de reparación del organismo, del mismo modo que el ejercicio fortalece el sistema cardiovascular. La hipótesis resulta sugerente, pero sigue siendo controvertida porque el estudio taiwanés no controló la edad de los expuestos.
