Un ensayo autobiográfico narra cómo, durante la infancia del autor en un suburbio de Ohio, dos vecinos —Bob y Van— encarnaron la figura clásica del vecino amable y servicial, ajeno a cualquier disputa política. Bob ayudaba a su madre con tareas del hogar tras la muerte del padre; ella lo llamó a él, y no a los bomberos, ante un pequeño incendio en la terraza. Con Van, la relación fue de mutua generosidad: él cortaba el césped y retiraba la nieve antes de que el adolescente se despertara, y más tarde el autor devolvió el favor cuando la movilidad de Van decayó. Ambos matrimonios habían fallecido antes de que el autor conociera sus posturas sobre cualquier asunto público.
A partir de esas memorias, el texto plantea una pregunta directa: hoy, ¿qué ocurriría si esos mismos vecinos resultaran tener opiniones políticas que el entorno del autor considera imperdonables? ¿Podría seguir cenando en su casa, retirando su nieve o simplemente saludándolos? ¿Sería condenado por tratarlos o por no condenarlos públicamente en redes? El autor reconoce que las asimetrías de poder condicionan esos juicios, pero se niega a integrarse en cualquier comunidad que imponga ese tipo de vetos. Concluye con una nostálgica defensa del anonimato político del barrio: la cafetería como cafetería, los compañeros de trabajo como meros compañeros, los vecinos como simples vecinos.
