El concepto de "computación con recursos limitados" (Low Resource Computing, LRC) recupera la filosofía con la que nació la informática: obtener resultados significativos con medios modestos. Los primeros sistemas bancarios nacionales se ejecutaban sobre microprocesadores de 92.000 instrucciones por segundo; los motores de renderizado se construían con un PDP-8 y un conversor digital-analógico, y las misiones Apolo llevaron al ser humano a la Luna con una CPU de 2 MHz, una regla de cálculo y mucho ingenio. Lo que hoy parece rudimentario era, en su época, potencia más que suficiente. En las décadas siguientes, la industria perdió ese horizonte: el software malgasta hardware porque puede permitírselo. Aplicaciones basadas en Electron arrastran el motor completo de Chrome V8 solo para editar texto; los centros de datos consumen gigavatios para responder consultas triviales, como el tiempo meteorológico del día siguiente. La tendencia hacia granjas de cómputo de exaescala y redes de miles de millones de dólares resulta económicamente insostenible y energéticamente inviable a largo plazo. Frente a este escenario, la iniciativa LRC propone volver la mirada hacia los orígenes de la disciplina. El movimiento defiende que la computación relevante sigue siendo posible en la escala de los kilobytes, los kilohercios y los nanovatios, y aboga por devolver la potencia de procesamiento a manos de los usuarios individuales. Su objetivo es promover un modelo más razonable y sostenible, explorar hasta dónde pueden llegar los recursos modestos actuales y demostrar que la eficiencia es, además de posible, necesaria. La pregunta que articula el proyecto es directa: ¿hasta dónde puede llegar hoy un hardware modesto?
