Blackwing recorre en un documental de casi nueve minutos el proceso completo de fabricación de sus icónicos lápices, desde la formulación del grafito en Kofu (Japón) hasta el empaquetado final en Stockton (California). El grafito se elabora mezclando polvo de grafito y arcilla en proporciones variables según la dureza deseada: más grafito para minas blandas y más arcilla para minas duras. La pasta pasa por rodillos, se hidrata y se extruye en hebras finas que, tras secarse, se cuecen a 1000 °C y se impregnan en cera caliente para conseguir la suavidad característica de la marca. En la planta de carpintería de Tokio, las tiras de cedro de incienso sostenible se ranuran, se encolan y se ensamblan en sándwiches que, una vez prensados y moldeados, adoptan la forma hexagonal. Cada lápiz recibe varias capas de laca —algunos diseños superan las diez—, un acabado nacarado o mate y el logotipo de Blackwing aplicado por calor y presión. Finalmente, una máquina une cada barra con la emblemática virola y la goma de borrar rectangular antes de la inspección manual y el empaquetado en cajas de doce unidades.
