Steve Krouse, fundador de Val Town, defiende que aprender a programar conserva su valor formativo en la era del "vibe coding" y los grandes modelos de lenguaje. Aunque nadie repite ya el mantra "learn to code" como atajo hacia un sueldo alto, el autor sostiene que la programación comparte rasgos con las humanidades y las ciencias: merece la pena por motivos educativos, no solo laborales.
Krouse relata cómo de niño odiaba las matemáticas hasta que descubrió un programa extraescolar que enseñaba a programar en LOGO, el lenguaje creado por Seymour Papert para que los niños aprendieran matemáticas mediante la exploración, como quien aprende una lengua viviendo en el país. Aquella experiencia le transmitió habilidades transversales como la depuración, la composición y la lógica, y sobre todo la convicción de que cualquier materia puede aprenderse.
El artículo describe la programación como una actividad creativa que combina la escritura con el rigor de las matemáticas y la retroalimentación inmediata de un videojuego, equiparable al acto de lanzar hechizos: una vez dominada la sintaxis, cualquier persona puede convertir sus ideas en instrucciones que un ordenador ejecuta. Frente a quienes la equiparan con un lenguaje jurídico oscuro, Krouse recuerda que el código sostiene el mundo actual y que una línea elegante puede cambiarlo, igual que una ecuación o una declaración de principios. El texto cierra con una invitación abierta a quien quiera iniciarse en programación.
