El fundador y consejero delegado de Meta, Mark Zuckerberg, ha salido al paso del creciente control que Washington está ejerciendo sobre la inteligencia artificial con una propuesta clara: democratizar la llamada superinteligencia y dotar a cada persona de un asistente personal con capacidades superiores a las humanas. Su posición, expuesta en una tribuna de opinión publicada en The Wall Street Journal, contrasta frontalmente con la deriva reguladora de la Administración de Donald Trump, que en las últimas semanas ha pasado de observar el desarrollo de los modelos más avanzados a intervenir directamente sobre ellos.
El cambio de rumbo regulatorio en Estados Unidos ha sido acelerado. Primero llegaron las restricciones aplicadas a Anthropic tras el llamado Project Glasswing, su iniciativa para detectar vulnerabilidades informáticas. Poco después, OpenAI aceptó limitar temporalmente el acceso a GPT-5.6, su modelo más reciente. La pasada semana, ese control dio un paso más con la presentación en la Cámara de Representantes del AI Kill Switch Act, una propuesta que obligaría a las grandes compañías a disponer de un mecanismo capaz de ralentizar, suspender o apagar sus sistemas más potentes y permitiría al Departamento de Seguridad Nacional ordenar su activación ante una situación grave de pérdida de control.
Zuckerberg no menciona expresamente estas medidas en su texto, pero el contexto resulta difícil de ignorar. Para el fundador de Meta, la pregunta fundamental ya no es si aparecerán sistemas con capacidades superiores a las humanas, sino quién tendrá acceso a ellos. "Si solo un puñado de instituciones poseen superinteligencia", advierte, estas terminarán ejerciendo una enorme influencia sobre la economía, la ciencia y la política, lo que "limitaría la capacidad de las personas para elegir su propio futuro". Frente a ese modelo, defiende que ciudadanos, desarrolladores y pequeñas empresas puedan acceder a asistentes muy avanzados para crear proyectos, aprender o trabajar, de modo que la superinteligencia no quede reservada a los gobiernos, los grandes laboratorios o las compañías con más recursos.
El discurso no se queda en lo ideológico. En el terreno filosófico, Zuckerberg sostiene que "la noción de que la IA es tan peligrosa que el único camino seguro es una concentración extrema de poder parece inherentemente problemática" y recuerda que "históricamente, esperar que un poder absoluto beneficie benévolamente a la humanidad si está suficientemente iluminado no ha conducido a resultados seguros ni positivos". Propone, en cambio, una filosofía basada en el empoderamiento individual como fuente de prosperidad, la invención como propósito principal de la superinteligencia y el equilibrio de poder como fundamento de la seguridad.
Aunque Zuckerberg reconoce que los modelos más potentes pueden plantear nuevos riesgos y requerir medidas de seguridad, rechaza que la única forma de proteger a la sociedad sea concentrar su control en las instituciones. El mensaje coincide con otras intervenciones recientes del directivo, en las que ha pedido a Washington acelerar el desarrollo de la IA y evitar restricciones generales sobre los modelos abiertos, incluidos los procedentes de China.
Sin embargo, la propuesta presenta una contradicción evidente. Que millones de personas dispongan de una inteligencia artificial a través de los productos de Meta no significa necesariamente que controlen esa tecnología. Los modelos, los servidores, las aplicaciones y buena parte de los datos continuarían dependiendo de una de las mayores empresas tecnológicas del mundo. La disputa, por tanto, no consiste únicamente en elegir entre una IA libre o una IA segura: lo que se está decidiendo es quién tendrá el poder de desarrollarla, distribuirla y, llegado el caso, detenerla. Zuckerberg rechaza que ese poder quede centralizado en Washington, aunque su alternativa podría trasladar una parte importante de ese control a las Big Tech.
El componente empresarial es difícil de separar del ideológico. Meta está invirtiendo enormes sumas en centros de datos, modelos propios y asistentes que pretende integrar en WhatsApp, Instagram, Facebook y sus gafas inteligentes. Su previsión de inversión en infraestructuras y equipos durante 2026 se sitúa ya entre 130.000 y 145.000 millones de dólares. Un sistema en el que el Gobierno revise previamente los modelos, decida quién puede acceder a ellos o pueda retrasar su publicación afectaría directamente a la capacidad de Meta para competir con OpenAI, Anthropic y Google.
Por ahora, el debate está abierto. La Administración estadounidense avanza hacia un modelo de supervisión más estricto, mientras Meta defiende una filosofía de empoderamiento individual que, según los críticos, podría no ser tan horizontal como aparenta. La batalla por el futuro de la superinteligencia apenas comienza.
