Este artículo explora un momento crucial en la historia de la filosofía, centrado en las conferencias de William James en Oxford en 1908 y su encuentro con G.K. Chesterton. James, un ferviente defensor del pragmatismo, desafió la filosofía dominante de la época, el idealismo absoluto (representado principalmente por F.H. Bradley), que postulaba un universo monista, unificado e indivisible. James argumentaba que esta visión era restrictiva y no reflejaba la riqueza y diversidad de la experiencia humana.
El idealismo absoluto, según Bradley, sostenía que la realidad solo era verdaderamente real si se comprendía dentro de un todo absoluto, una unidad inquebrantable. Esto implicaba que la multiplicidad de experiencias que percibimos es solo una ilusión, una apariencia superficial que oculta una unidad subyacente. James, en contraste, propuso una filosofía pluralista, que enfatizaba la importancia de la individualidad, la diversidad y la multiplicidad. Para él, la realidad no necesita ser subsumida en una unidad total; la existencia de múltiples elementos independientes y diversos es suficiente y, de hecho, fundamental.
La visita de James a Oxford y su encuentro con Chesterton ilustran esta tensión filosófica. Chesterton, con su estilo paradójico y su celebración de lo ordinario, representaba una forma de pensar que rechazaba la intelectualización excesiva y abrazaba la vitalidad de la vida cotidiana. James admiraba la capacidad de Chesterton para ver la maravilla en lo mundano, algo que, según James, a menudo se perdía en la filosofía académica.
Las conferencias de James fueron un éxito rotundo, pero también provocaron cierta incomodidad entre los académicos de Oxford, quienes se sentían atacados por su crítica al idealismo absoluto. James argumentaba que la filosofía debía estar en sintonía con la experiencia de la vida, incluso si eso significaba desafiar las convenciones lógicas y las ideas preconcebidas. Su filosofía, que él denominó 'multiverso' en lugar de 'universo', enfatizaba la conexión intrínseca entre las partes, una 'interfusión inextricable', donde cada elemento se relaciona con sus vecinos más cercanos. En esencia, James abogaba por una filosofía que abrazara la complejidad y la diversidad del mundo, en lugar de intentar reducirlo a una fórmula simplificada y monista. Su mensaje, con su 'extraño coraje' y su énfasis en la 'salud mental', buscaba una forma de pensar que promoviera el bienestar y la conexión con la realidad.
