Vivien He, una estudiante de 17 años de un instituto de California, diseñó y fabricó un sismógrafo casero con un coste inferior a 100 dólares durante el confinamiento por la pandemia de COVID-19. El dispositivo, de tamaño similar a un cubo de Rubik y con una carcasa de acrílico transparente, funcionó correctamente y detectó todos los terremotos de magnitud superior a 3,0 en la región de Los Ángeles entre septiembre de 2020 y abril de 2021. La coincidencia de las ondas registradas por el sismógrafo con las de una estación del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) validó su precisión.
El invento integra un geófono para detectar el movimiento del suelo, que su electrónica y software convierten en señales digitales. Cuando el sismo supera un umbral fijado, el dispositivo activa una alarma, puede enviar un SMS y permite el control remoto desde un móvil, además de almacenar hasta cuatro años de registros. He, que no contaba con formación previa en electrónica ni programación, aprendió Python por su cuenta y leyó literatura científica para desarrollar el sistema. El proyecto surgió de la observación de que la reducción de la actividad humana durante el confinamiento disminuyó el ruido sísmico ambiental en un 50%, permitiendo detectar señales débiles del subsuelo. En 2021, He presentó su dispositivo en una reunión de la Sociedad Sismológica de América, destacando su capacidad para ofrecer una alerta temprana accesible y económica frente a los sistemas científicos más costosos.
