Villa Baviera, el retiro nazi reconvertido en destino turístico en Chile
Enclavada en la Región del Maule, a unos 350 kilómetros al sur de Santiago, Villa Baviera —antiguamente conocida como Colonia Dignidad— se ha transformado en uno de los destinos más perturbadores del llamado turismo oscuro en Sudamérica. Lo que durante décadas fue una comunidad cerrada dirigida por el predicador alemán Paul Schäfer, escenario de violaciones a menores, trabajos forzados y colaboración con la policía secreta de la dictadura de Augusto Pinochet, funciona desde 2012 como un resort que ofrece alojamiento de lujo, jacuzzis y jornadas festivas ambientadas en la estética del Oktoberfest.
La historia de Colonia Dignidad se remonta a finales de la década de los cincuenta, cuando un grupo de alemanes se instaló en el fundo El Lavadero, en la comuna de Parral, bajo el liderazgo de Schäfer. Con el paso de los años, la colonia se convirtió en una secta hermética de la que resultaba prácticamente imposible escapar. Sus residentes, muchos de ellos niños, fueron sometidos a trabajos forzados, abusos sexuales y un férreo control mental por parte de su fundador, quien en 1996 fue condenado en Chile a 20 años de prisión por violación de menores y más tarde a una pena adicional en Alemania, donde murió en 2010.
Según recoge el reportaje de Xataka, el enclave también sirvió como centro de detención y tortura para la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) durante la dictadura de Pinochet, y en su subsuelo se llegó a hallar lo que la policía chilena calificó como el mayor arsenal privado jamás encontrado en el país: armas semiautomáticas, lanzacohetes, granadas, explosivos, materiales químicos e incluso un tanque, todo descubierto en 2005, el mismo año en que la colonia cambió de nombre a sugerencia del traficante de armas Gerhard Mertins.
En la actualidad, antiguos residentes alemanes y chilenos conviven en un complejo turístico que admite a "cualquier persona" que desee "compartir su estilo de vida", según reza la propia página web de Villa Baviera. El lugar conserva las alambradas que antaño servían para impedir fugas, mientras los visitantes degustan cerveza y bratwurst en los mismos espacios donde, según diversas investigaciones históricas, habría caminado el médico nazi Josef Mengele.
Villa Baviera no es un caso aislado. Forma parte de la red de escapes que facilitó la llegada a Sudamérica de decenas de criminales de guerra nazis tras la Segunda Guerra Mundial. El Centro Simon Wiesenthal estima que unos 300 criminales de guerra y miles de colaboracionistas del Tercer Reich se refugiaron en Argentina, cifra que la Comisión de Esclarecimiento de Actividades del Nazismo en Argentina (CEANA) reduce a alrededor de 200. Organizaciones como ODESSA y las llamadas ratlines proporcionaron nuevas identidades, dinero y propiedades a figuras como Erich Priebke, responsable de la masacre de las Fosas Ardeatinas en Roma, quien vivió tranquilamente en la localidad argentina de Bariloche durante décadas.
El historiador Philippe Aziz, en su obra "Los Criminales de Guerra", documenta la transferencia de enormes fondos —oro, divisas y títulos bursátiles— desde Alemania a cuentas bancarias sudamericanas, una operación atribuida a Martin Bormann, jefe de la Cancillería del NSDAP e íntimo colaborador de Hitler. Aunque la versión más aceptada sitúa la muerte de Bormann en las cercanías del Führerbunker en 1945, durante décadas circularon rumores sobre su supuesta huida a Argentina, Bolivia o Paraguay.
La transformación de Villa Baviera plantea un dilema ético y memorial. Sus defensores argumentan que la apertura al público es una forma de mirar al futuro y dar a conocer la historia; sus críticos señalan que la mercantilización de un sitio donde se cometieron crímenes de lesa humanidad banaliza el sufrimiento de las víctimas. Organizaciones de derechos humanos y antiguos residentes continúan exigiendo reparaciones y verdad, mientras el complejo atrae cada año a turistas curiosos atraídos por su oscura fama.
El caso chileno ilustra cómo los vestigios del nazismo en Latinoamérica siguen vigentes más de siete décadas después del fin de la Segunda Guerra Mundial, ya sea como refugio de criminales, como enclave de colaboración con dictaduras o, en la actualidad, como atractivo turístico donde la memoria histórica y el ocio conviven en un equilibrio tan incómodo como inevitable.
