A finales del siglo XVIII, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele desarrolló un pigmento destinado a resolver un viejo problema: conseguir un verde intenso y asequible. Su fórmula combinaba óxido de cobre, trióxido de arsénico y agua para obtener arsenito de cobre. El resultado, conocido como verde de Scheele, era barato y proporcionaba el verde más brillante disponible en aquel momento, según la National Library of Medicine (NLM). Su principal inconveniente radicaba en su propia composición: contenía arsénico.
Hasta entonces se habían empleado minerales como la malaquita, tierras naturales, pigmentos vegetales o verdigrís, además de mezclas de amarillo y azul, que ofrecían colores más apagados. El verde de Scheele cambió esa situación y se extendió con rapidez a tejidos, papeles pintados, persianas, pinturas, juguetes, flores artificiales, pantallas de lámparas, envoltorios de caramelos e incluso colorantes alimentarios. Solo en Inglaterra se produjeron 700 toneladas en 1860.
Hacia 1800 apareció una alternativa más estable: el acetoarsenito de cobre, comercializado como verde de París, verde de Schweinfurt, verde Mitis o verde esmeralda. Una investigación publicada en 2024 en Heritage Science explica que este nuevo pigmento fue formulado como sustituto del anterior y también contenía cobre y arsénico. Los papeles pintados se convirtieron en uno de los ejemplos más claros de su expansión: los ejemplares estudiados por la NLM contenían de media unos dos gramos de arsénico por pie cuadrado, y un papel aparentemente de otra tonalidad también podía incluir arsénico al mezclarse con otros pigmentos.
En la década de 1870, la Junta Estatal de Salud de Massachusetts recomendó que los trabajadores que imprimían con colores arsenicales realizaran esa tarea solo dos o tres semanas antes de cambiar temporalmente de ocupación. En 1874, el médico Robert Kedzie publicó Shadows from the Walls of Death, un libro con muestras reales de papeles tóxicos que la NLM conserva digitalizado en fundas protectoras. Los verdes arsenicales terminaron siendo desplazados por el viridiano, basado en cromo, y posteriormente por verdes sintéticos como los de ftalocianina. El verde de París sobrevivió como pesticida antes de ser sustituido por insecticidas orgánicos. PubChem clasifica hoy el acetoarsenito de cobre como tóxico, carcinógeno y capaz de causar daños orgánicos por exposición prolongada.
