Un investigador ruso de 41 años narra cómo, tras obtener el segundo y máximo grado académico que concede Rusia —el Doctorado en Ciencias, superior al equivalente al PhD—, decidió abandonar la carrera académica y reinventarse profesionalmente. Defendió su segunda tesis en febrero de 2024, pero en cuestión de meses comprendió que llevaba años perfeccionándose en un sistema cuyo lenguaje y método ya no sabía defender con honestidad. Describe su trabajo como búsquedas en textos de marcos teóricos cada vez más sofisticados (análisis crítico del discurso, retórica, sociolingüística, metapragmática) que servían, en la práctica, para respaldar conclusiones adoptadas de antemano y casi imposibles de refutar.
El artículo señala la trampa del «marcador seguro»: publicaba en revistas rusas donde el rechazo era improbable, en lugar de enviar su trabajo a publicaciones internacionales más exigentes, porque el sistema recompensaba lo suficiente su dedicación como para dificultar la salida. En el verano de 2024 quemó la copia encuadernada de su segunda tesis y eliminó la mayor parte de sus notas. En otoño se matriculó, sin experiencia en programación, en un curso de lingüística computacional y procesamiento del lenguaje natural, y ahora trabaja en un proyecto de detección de depresión con RST (Rhetorical Structure Theory). El ensayo reflexiona sobre la dificultad como prueba de valor, y sobre cómo juzgar el propio trabajo por lo que sobrevive fuera de su propio marcador: una habilidad transferible, un artefacto terminado, un lector o una oportunidad.
