Una técnica de procesamiento de imágenes desarrollada originalmente por la NASA para analizar fotografías de Marte ha revolucionado el estudio del arte rupestre en la Tierra, permitiendo descubrir cientos de pinturas ancestrales ocultas a simple vista. El método, conocido como decorrelation stretch (estiramiento de decorrelación), fue ideado en 1978 por Jim Soha, supervisor de un grupo de procesamiento digital de imágenes en el Jet Propulsion Laboratory (JPL), basado en la Transformada de Karhunen-Loève, un teorema estadístico que entre sus creadores contó con Michel Loève, antiguo profesor de matemáticas del arqueólogo que rescató la técnica.
La historia de este hallazgo interdisciplinario comenzó en torno a 2005, cuando el arqueólogo Jon Harman, hoy jubilado en Pacifica, California, asistió a una conferencia de arte rupestre. Allí, alguien le mostró imágenes del rover marciano de la NASA, que comparaban la superficie de Marte antes y después de aplicar decorrelation stretch. Harman quedó fascinado al ver el nivel de detalle que emergía tras el procesamiento y vislumbró de inmediato su potencial para las pinturas antiguas desvaídas. Su experiencia previa en imagen médica y un doctorado en matemáticas por Berkeley —donde estudió álgebra— le dieron la confianza necesaria para abordar el reto. Como él mismo recuerda: "Lo busqué en Google y encontré un artículo de la NASA que explicaba cómo realizar el algoritmo. Por mi experiencia en imagen médica sabía que podía hacerlo, y lo hice".
El artículo al que llegó era de 1996, escrito por Ronald Alley, también empleado del JPL, quien había refinado la técnica original de Soha para hacerla más rápida y precisa. Alley formaba parte de un equipo internacional que definía los requisitos científicos del radiómetro ASTER, un instrumento japonés lanzado en 1999 a bordo del satélite Terra, donde sigue operativo. A diferencia del simple aumento de contraste, decorrelation stretch reasigna los colores originales a una gama expandida y distinta, mediante procesos como la diagonalización de matrices de color, lo que hace visibles matices imperceptibles para el ojo.
Harman creó entonces el complemento Dstretch, compatible con ImageJ —programa de código abierto desarrollado por los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU.— y posteriormente aplicaciones para Android e iOS, poniendo la herramienta al alcance de cualquier arqueólogo con un teléfono móvil.
Los resultados han sido espectaculares. En Angkor Wat, Camboya, un arqueólogo singapurense descubrió entre 2010 y 2012 unas 200 pinturas ocultas en las paredes del templo, incluyendo jinetes y conjuntos musicales en la cámara superior de la torre central. En la necrópolis egipcia de Beni Hassan, salieron a la luz imágenes de murciélagos y cerdos, animales raramente representados en el arte del antiguo Egipto. En el parque provincial Writing-on-Stone, en Alberta, Canadá, la técnica reveló un petroglifo de un jinete que los especialistas interpretan como una suerte de firma o provocación de un guerrero crow hacia sus enemigos blackfoot. Y en el yacimiento noruego de Årsand 1, se descubrieron unos 15 figuras no documentadas y nuevos detalles en otras 28.
La aplicación demuestra cómo la transferencia tecnológica entre disciplinas dispares —de la exploración espacial a la arqueología— puede generar avances inesperados. Harman, que ha aplicado Dstretch a cientos de imágenes en Baja California (México) y otras regiones, resume su motivación: "Nadie sabe realmente por qué la gente hacía el arte rupestre que hacía, al menos en muchos casos. Y los símbolos son muy extraños". En definitiva, una herramienta concebida para desentrañar los secretos de un planeta vecino ha abierto una nueva ventana al pasado más remoto de la humanidad, confirmando que las fronteras entre la ciencia espacial y las humanidades son más porosas de lo que suele creerse.
