Una mujer de 56 años ingresó en un hospital con un cuadro neurológico progresivo que incluía hormigueo ascendente desde los pies hasta las manos, pérdida de sensibilidad, caídas frecuentes, problemas de memoria y de concentración, irritabilidad, falta de apetito y palpitaciones, según un caso clínico publicado esta semana en el New England Journal of Medicine. Los médicos revisaron su historial sin hallar inicialmente una causa evidente; padecía hipertensión, antecedentes de ansiedad y depresión e hipotiroidismo controlado durante más de una década, y había cambiado hace cuatro semanas a una dosis más alta de levotiroxina, un cambio que tampoco explicaba el cuadro.
La clave estaba en una cirugía de cadera. Veinte años antes, tras un accidente de tráfico sufrido una década antes, se le implantó una prótesis de cadera. Aunque más del 90% de estos dispositivos duran al menos 30 años, el suyo empezó a fallar a los 19. Un año antes del ingreso, la prótesis se luxó y, aunque se recolocó sin cirugía, la paciente siguió con dolor y dificultades para caminar; las pruebas de imagen mostraron además deterioro del revestimiento del cotilo. Tres meses antes de los síntomas se sometió a una cirugía de revisión de cadera en otro centro.
Los autores describen el caso como una intoxicación metálica grave derivada del fallo del implante. El texto original facilitado termina antes de detallar el diagnóstico definitivo ni el tratamiento aplicado, por lo que esos apartados no se incluyen.
