El prehistoriador Diego Garate Maidagan, profesor de la Universidad de Cantabria, lidera desde Plentzia una ambiciosa campaña para redescubrir el arte rupestre del Paleolítico en el norte de España. Especialista en la cueva de Altamira, a la que solo acceden investigadores autorizados desde su cierre definitivo en 2002, Garate coordina una labor conjunta con la Unión de Espeleólogos Vascos, a quienes ha enseñado a orientar la luz de sus frontales para hacer aflorar pigmentos apagados por el tiempo. Fruto de esa colaboración ha localizado bisontes y un caballo en tonos ocres desvaídos en el monte Lumentxa, entre otros hallazgos. Para entender cómo trabajaban los artistas prehistóricos, Garate y su equipo han convertido la cueva de Isuntza, en Lekeitio, en un laboratorio subterráneo: réplicas de figuras geométricas y animales sirven para medir la intensidad de la luz obtenida con distintas grasas y maderas, y se reproducen técnicas de estarcido con huesos de pájaro a modo de aerógrafo. El artículo, además, recorre los 34.000 años de historia de Altamira, su cierre al público por la humedad y el CO₂ generados por las visitas, la creación de una réplica museística y la hipótesis actual de que el arte paleolítico era mucho más extenso de lo que conservan las paredes mejor preservadas, ya que la pigmentación ha desaparecido en la mayoría de cavidades.
Una investigación sobre las pinturas rupestres que transforma la arqueología vasca
