El ensayo examina cómo la noción tradicional de "historia antigua", reducida durante generaciones al mundo grecorromano y, ocasionalmente, a Egipto, está dando paso a una visión mucho más amplia y global. El autor parte de un dato elocuente: cuando Cleopatra accedió al trono de Egipto en el 51 a.C., las pirámides más antiguas de su reino, construidas en el siglo XXVII a.C., ya llevaban más de 2.500 años en pie, y la propia Cleopatra estaba más cerca del presente que de aquellos monumentos.
A partir de ahí, el texto repasa la omnipresencia del imaginario clásico en la cultura occidental —desde la arquitectura neoclásica de las capitales europeas hasta las películas de romanos y los memes contemporáneos sobre el Imperio romano— y la somete a revisión. Evidencias arqueológicas recientes muestran conexiones transcontinentales largamente ignoradas: el comercio transahariano en los siglos I-II d.C., con vino, aceite y plata romanos intercambiados por piedras preciosas, marfil y esclavos; la aparición de monedas romanas desde Escandinavia hasta la India; un papiro egipcio del siglo II que registra contratos de importación de pimienta, perlas, seda y gemas desde el puerto de Múziris, en Kerala. Más al este, el tesoro de Tillya Tepe (Afganistán, siglo I d.C.) reúne piezas de influjo griego, indio y chino Han, mientras las cartas sogdianas de Dunhuang (siglo IV d.C.) detallan el comercio centroasiático de metales, especias y seda, y la tumba de Zhao Mo en Cantón (137-122 a.C.) contiene marfiles africanos y objetos de inspiración persa.
Estos hallazgos están alimentando una nueva corriente académica, la "Antigüedad global", que estudia Afroeurasia y, en su vertiente más ambiciosa, también Oceanía y América, como un espacio interconectado mediante rutas terrestres, marítimas y fluviales. Queda abierta la pregunta de qué implica esta nueva mirada para los intereses y debates del siglo XXI.
