Las epidemias de Ébola han crecido en escala desde 2014, y los investigadores señalan cada vez más a la deforestación —impulsada en parte por la minería artesanal de minerales usados en teléfonos inteligentes— como factor clave. El brote actual de Ébola Bundibugyo en la República Democrática del Congo (RDC) ha causado 363 casos confirmados y se ha extendido a Uganda, sin señales de remitir. El primer grupo de casos mortales surgió en Mongbwalu, una ciudad minera en expansión plagada de zonas de extracción de oro no reguladas.
Durante décadas tras el descubrimiento del virus en 1976, los brotes de Ébola eran pequeños y contenidos, afectando a unos pocos cientos de personas. La epidemia de África Occidental de 2014 infectó a más de 28.000 personas en diez países de tres continentes. La explicación convencional apunta a poblaciones humanas más grandes e interconectadas, pero existe un motor más fundamental: la transformación de la ecología subyacente del Ébola.
El virus suele vivir silenciosamente en murciélagos, y los humanos que habitan el bosque adquieren cierta inmunidad por exposición repetida. Talar su hábitat empuja a los murciélagos hacia fragmentos de bosque más cercanos a las personas. Un análisis de 2025 halló que cada aumento del 1% en la deforestación en África Central dispara la incidencia de malaria y Ébola entre un 20% y un 40%. La epidemia de 2014 fue precedida por la pérdida del 85% de la cobertura forestal en el suroeste de Guinea.
En RDC, la minería artesanal de oro, coltán y cobalto emplea a más de 380.000 personas en las regiones orientales. La riqueza mineral del país, valorada en 24 billones de dólares, alimenta la demanda mundial de minerales "3TG" (tungsteno, estaño, tantalio y oro) necesarios para semiconductores y teléfonos inteligentes. Tras duplicarse el precio del oro en 2024, datos satelitales muestran que los bosques alrededor de Mongbwalu fueron desgarrados, abriendo una nueva frontera hacia el interior de la selva.
