Un periodista de WIRED creó clones de inteligencia artificial de sus editores en Condé Nast para mejorar su percepción profesional y optimizar su flujo de trabajo. El objetivo inicial era no mejorar la rentabilidad de la empresa, sino que los editores percibieran al autor como un colaborador más competente y alineado con sus estilos de comunicación. El autor utilizó la plataforma Gemini de Condé Nast para generar perfiles basados en el historial digital de Brian Barrett y Sophie Kleeman, sus editores principales. Aunque los bots lograron imitar ciertos rasgos de personalidad y ofrecieron sugerencias editoriales, el experimento reveló limitaciones significativas. Brian Bot, por ejemplo, adoptó un estilo de liderazgo de improvisación que no reflejaba la realidad de su creador, mientras que Sophie Bot generó contenido convincente que incluso a su creadora le pareció veraz. La interacción con los bots, aunque inicialmente útil para ahorrar tiempo en la preparación de ideas, generó fricción y descontento entre los editores humanos, quienes percibieron la falta de autenticidad y la incoherencia entre la IA y la persona real. El artículo concluye que, a pesar de la eficiencia teórica de estos asistentes, las limitaciones humanas y la falta de profundidad en los datos de entrada impiden que los clones de IA sean una solución viable para la gestión editorial, destacando la complejidad de replicar la dinámica interpersonal en un entorno corporativo.
