Un jubilado plantó árboles en un terreno baldío de São Paulo y dos décadas después creó uno de los mayores bosques urbanos de la ciudad

Fuentes: In 2003, a retired man planted trees on forgotten land alone; 20 years later, it became one of Sao Paulo's largest urban forests, thursd.com, saopaulosecreto.com

El jubilado que plantó un bosque en medio de São Paulo

En 2003, Helio da Silva paseaba con su esposa Leda por un tramo de 3,2 kilómetros de terreno baldío en la zona este de São Paulo, encajado entre dos avenidas muy transitadas. El lugar, surcado por el arroyo Tiquatira, estaba cubierto de basura y era frecuentado por consumidores y traficantes de droga. En lugar de seguir de largo, el entonces ejecutivo retirado de la industria alimentaria decidió plantar allí su primer árbol. Veinte años después, ese gesto solitario se transformó en el Parque Lineal Tiquatira, uno de los mayores ejemplos de restauración urbana participativa de la ciudad, con unos 40.000 árboles y más de 160 especies, según el recuento que difunde la plataforma Thursd.

Da Silva, originario del municipio de Promissão, a unos 500 kilómetros de la capital paulista, arrancó la tarea con sus propios ahorros. En sus primeras salidas adquirió unos 200 plantones de especies del Bosque Atlántico —entre ellos un ejemplar de jequitibá, al que considera un símbolo de resiliencia— en viveros de la localidad de Limeira, por unos 800 reales. Sus fines de semana quedaron consagrados a cavar agujeros, colocar esquejes, regar y podar. Según declaró al rotativo indio Times of India, dedica unos diez minutos por árbol y acompaña la faena hablando a las plantas, "para que la gente no piense que estoy loco". De hecho, los vecinos más incrédulos lo bautizaron como "Helio el Loco".

La transformación no pasó desapercibida para las autoridades. Cinco años después del inicio de la plantación, en 2008, el Ayuntamiento de São Paulo reconoció oficialmente la franja como el primer parque lineal de la ciudad. Hoy, Tiquatira se extiende a lo largo de 3,2 kilómetros con una anchura media de unos 100 metros y constituye un corredor verde en uno de los municipios más densos del planeta, con cerca de 12 millones de habitantes. La inversión anual estimada por Da Silva ronda los 7.000 dólares, siempre de su bolsillo, aunque con el tiempo se han sumado voluntarios y, según recoge Thursd, recolecta ocasionalmente donaciones. La propia administración municipal ha documentado la presencia de decenas de especies de aves que antes estaban ausentes del área.

El proyecto tampoco se ha detenido. Da Silva, que cumplió 73 años, se jubiló definitivamente en 2022 y sigue recorriendo el parque cada semana, podando, abonando y revisando el estado de cada árbol. Lleva un álbum fotográfico que documenta la metamorfosis del lugar y sus tarjetas de visita lo identifican con un título singular: "Helio da Silva, plantador de árboles". Su meta declarada es alcanzar los 50.000 ejemplares, una cifra que, de cumplirse, duplicaría con creces lo que cualquier estimación hoy disponible atribuye al parque.

El contraste entre ambas fuentes resulta ilustrativo. El artículo de Times of India, basado en un perfil de Forbes India, ofrece una visión más institucional y subrayaba la idea de un esfuerzo individual sostenido por la constancia. Thursd, en cambio, reconstruye los orígenes con mayor detalle emocional: el descubrimiento de que el suelo había formado parte del Bosque Atlántico, la convicción de Da Silva de que las especies nativas "reconocerían" la tierra, y la dimensión casi mítica de la primera semilla de jequitibá. Las dos narraciones coinciden, no obstante, en lo esencial: un terreno degradado, un jubilado con ahorros limitados y un resultado que transformó el paisaje urbano.

Más allá de la hazaña personal, la historia de Tiquatira apunta a un debate creciente en las grandes ciudades latinoamericanas. Los efectos del calor extremo, la contaminación y la pérdida de biodiversidad hacen que incluso pequeños corredores arbolados cobren relevancia climática y social. En barrios densamente edificados, un parque lineal como éste reduce la temperatura, mejora la calidad del aire y devuelve fauna a entornos donde parecía imposible. La continuidad del proyecto, ahora a cargo de un hombre de 73 años, plantea además una pregunta incómoda: qué ocurrirá cuando el legado dependa de un relevo institucional o vecinal que aún no está garantizado. De momento, Da Silva sigue plantando, convencido de que cada árbol es una forma de devolverle algo a la ciudad que lo acogió hace décadas.