Claudio Grossi, un granjero de Parma, Italia, descubrió en la década de 1990 una variedad de trigo ancestral en un saco antiguo de su ático. Tras sembrar las semillas, observó un cultivo de seis pies de altura que desarrolló siete espigas, una característica que coincide con la descripción bíblica de la visión de José en Génesis. A diferencia del trigo comercial, esta variedad presenta granos de colores variados y mayor resistencia a la sequía, sin necesidad de fertilizantes. Grossi, católico, identificó el fenómeno como un milagro y bautizó la semilla como 'grano del milagro'. Su hallazgo se enmarca en el movimiento slow-food italiano, que busca preservar prácticas agrícolas tradicionales. El artículo contextualiza este descubrimiento histórico frente a la 'Bataña del Trigo' de Mussolini y la Revolución Verde, destacando la relevancia de los cultivos antiguos para la sostenibilidad agrícola en un contexto de cambio climático.
