Un exinvestigador de Anthropic dimite y acusa a OpenAI y Anthropic de apostar por la superinteligencia

Fuentes: Ex-OpenAI and Anthropic researcher resigns, warns labs are gambling with humanity on superintelligence, eldiario.esT2, 20minutos.esT3clickbait, wired.com

Un ex investigador de Anthropic y OpenAI, Jacob Coxon, de 27 años y con formación en matemáticas por la Universidad de Cambridge, ha dimitido de su puesto en Anthropic y ha anunciado que abandona la industria de la inteligencia artificial, acusando a ambas compañías de apostar por el desarrollo de una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma sin las garantías de seguridad necesarias. La exclusiva fue publicada por The Wall Street Journal y replicada por el propio Coxon en su cuenta de X, donde sus mensajes acumularon más de cien mil interacciones.

Coxon, que durante casi tres años trabajó en OpenAI dentro del equipo de preentrenamiento de grandes modelos lingüísticos como colaborador principal de GPT-4o y GPT-4.5, se incorporó a Anthropic en julio de 2026 buscando precisamente los protocolos de seguridad que consideraba ausentes en la empresa dirigida por Sam Altman. Sin embargo, tras apenas un mes en el laboratorio, decidió marcharse al comprobar que, según su testimonio, la cautela tampoco forma parte de su operativa real. Según declaró al Wall Street Journal, 'es una locura que esto tenga que ocurrir en los MacBooks de unos ingenieros que viven en San Francisco en lugar de en un búnker en el desierto como cuando hacían el Proyecto Manhattan'.

En su hilo en X, el investigador fue más allá y aseguró que los ejecutivos de los principales laboratorios 'creen de verdad' que la inteligencia artificial podría acabar con la humanidad antes de que termine la década, aunque moderan su discurso en público para sonar sensatos. 'En Anthropic comprenden la apuesta, pero están atrapados en una carrera por llegar primero: creen que nadie más actuará de manera responsable, por lo que deben hacerlo ellos mismos, a pesar del riesgo', escribió. Para Coxon, aceptar esta competición hacia el 'endgame' supone un 'apego arrogante' que no debería lanzarse desde el Slack de una empresa privada, y advierte de que acometer un entrenamiento por refuerzo con agentes superinteligentes sin un conocimiento riguroso de su mente constituye un experimento civilizatorio sin precedentes.

El ex ingeniero advierte además que estos sistemas 'pronto serán sobrehumanos, capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana y adquirir poder y recursos reales'. Pese a ello, Coxon se declara optimista sobre la posibilidad de coordinación entre laboratorios. A su juicio, episodios como el reciente 'ataque de Hugging Face' han hecho más viables los acuerdos de pacing entre laboratorios estadounidenses, aunque reconoce que evitar una carrera global podría requerir medidas costosas como una prohibición temporal de mejorar las capacidades de los modelos.

Fuera de Silicon Valley, la visión de Coxon dista de ser mayoritaria entre la comunidad científica. Una encuesta del University College de Londres realizada a 4.260 investigadores expertos en IA de 92 países reveló que solo el 3% considera el riesgo existencial de una IA avanzada como su principal preocupación. Los riesgos más señalados fueron la desinformación, el uso de datos personales sin consentimiento y el cibercrimen. Otros expertos, como Erik Larson, sostienen que los avances actuales no acercan realmente a una inteligencia artificial similar a la humana, y que los modelos existentes no comprenden genuinamente los contenidos que generan, un fenómeno bautizado como 'comprensión Potemkin'. Desde una óptica más crítica con la industria, algunos analistas sugieren que las propias compañías utilizan el discurso del riesgo existencial como estrategia de marketing para justificar la venta de protecciones frente a sus propios productos.

Anthropic ha basado desde su fundación su narrativa corporativa precisamente en la alerta sobre los peligros de la superinteligencia y en la necesidad de avanzar con cautela hacia la llamada inteligencia artificial general. La dimisión de Coxon golpea esa imagen pública al sugerir que, internamente, la compañía se percibe a sí misma como atrapada en una carrera competitiva en la que primar la velocidad frente a la seguridad. OpenAI, por su parte, no ha realizado declaraciones específicas sobre el caso, aunque la marcha de Coxon se suma a una serie de dimisiones de personal técnico que, en los últimos meses, han expresado reservas sobre el ritmo de desarrollo.

El episodio reabre un debate que combina ciencia, geopolítica y gobernanza corporativa: si los propios ingenieros que trabajan en el preentrenamiento de los modelos más avanzados del mundo creen que el ritmo actual es insostenible, ¿quién debería decidir las condiciones bajo las que se desarrolla una tecnología con potencial de alterar el equilibrio de poder global? La presión competitiva frente a los desarrolladores chinos, mencionada por el Wall Street Journal como uno de los factores que empujan a ambos laboratorios a priorizar la velocidad, añade una dimensión de seguridad nacional al debate. Por ahora, la comunidad internacional carece de un marco regulatorio equiparable al de otras tecnologías estratégicas, y los llamamientos a una moratoria temporal, como el que plantea Coxon, siguen sin traducirse en decisiones políticas vinculantes. Lo que sí ha conseguido su dimisión es devolver a la primera línea informativa una pregunta incómoda: si los constructores de la inteligencia artificial temen en privado lo que dicen construir en público, qué impide que esa preocupación se traduzca en una pausa.