Un desarrollador de software con ocho años de antigüedad en su empresa ha publicado un testimonio en el que describe el progresivo deterioro de la cultura corporativa tras la llegada de un nuevo consejero delegado. El relato, difundido en una plataforma de debate profesional, retrata una transformación que el autor califica de pérdida de humanidad.
El trabajador entró en la compañía siendo un desarrollador junior con solo dos años de experiencia fullstack y un título de secundaria en arte. A pesar de unas respuestas imperfectas en la entrevista, el líder de equipo lo contrató por su motivación. La empresa, explica, se caracterizaba por invertir en las personas y confiar en que eso produciría buenos empleados, una filosofía que se mantuvo durante años.
Esa filosofía, según el autor, resulta hoy impensable. Afirma no haber visto nunca en persona al nuevo CEO. El nuevo responsable de su departamento aplica la máxima de contratar despacio y despedir rápido. La carga de trabajo no deja de crecer y existe un porcentaje asumido de empleados que sufren burnout, algo que el autor considera inaceptable. La compañía, señala, obtiene beneficios millonarios mientras aprieta a la base de la plantilla: los managers reciben la orden de prescindir de personas que rinden bien para cumplir objetivos.
El desarrollador denuncia además que buena parte de lo que se construye busca impresionar a los inversores y está generado con IA de baja calidad, hasta el punto de que se plantea diferenciar visualmente esos componentes. La estructura departamental se reorganiza periódicamente: a algunos empleados se les cambian los requisitos del puesto y deben volver a presentarse, sin conseguirlo, bajo el argumento de que no usan suficiente IA. El autor sospecha que se trata de un mecanismo legal para forzar salidas difíciles.
En lo que va de año, el redactor ha perdido a cuatro compañeros cercanos y prevé perder dos más por el mismo proceso. Los beneficios laborales se recortan uno a uno: la oficina remota y la flexibilidad horaria desaparecen. El autor sospecha una estrategia deliberada para empujar a dimitir y financiar una reorganización bautizada como AI First. El testimonio cierra con una pregunta que, dice, le quita el sueño: si no tiene otras habilidades comercializables, cuánto tiempo podrá dedicar cuarenta horas semanales a algo que contradice sus propios valores antes de que la empresa prescinda de él.
