El buque oceanográfico Miguel Oliver rescató el pasado 5 de septiembre 26 ánforas romanas prácticamente intactas y 17 cajas de cerámica fragmentada del fondo marino al sur de Formentera, a 1.400 metros de profundidad. La pesca se produjo de forma casual: el barco participaba en la campaña MEDITS, un programa científico que evalúa desde 1994 la salud de los caladeros mediterráneos y que cuenta con la participación de once países. Las piezas pertenecen al tipo Dressel 20, el envase estándar del aceite bético entre los siglos I y III, fabricado en el valle del Guadalquivir con una capacidad de entre 40 y 80 litros. Muchas conservan sellos e inscripciones pintadas con el peso, el origen y el nombre del comerciante, lo que permite reconstruir las rutas comerciales del Imperio Romano. Los restos fueron entregados al Museo Arqueológico de Eivissa y Formentera en menos de 24 horas, mantenidos húmedos con agua durante todo el trayecto para evitar que la sal cristalizara y desintegrara la cerámica. El Museo ha iniciado ahora la desalación pieza por pieza antes de su restauración definitiva, dentro del marco legal que obliga a depositar cualquier resto extraído en el museo más cercano. Los arqueólogos estudian los tituli picti para fechar el cargamento y, con suerte, localizar el pecio del que probablemente cayeron las ánforas. A esa profundidad ningún buzo puede trabajar: la arqueología subacuática convencional opera en aguas someras, por lo que solo redes de arrastre, robots o sumergibles pueden acceder a yacimientos como este.
