Una persona que aprendió primero el alfabeto cirílico descubrió que la escritura cursiva en inglés le resultaba menos placentera que en ruso. La razón: el inglés obliga a volver sobre las letras ya escritas para añadir los puntos de las i y los trazos de las t, un fenómeno llamado backtracking. Para cuantificar el problema, la autora analizó «Crimen y castigo» de Dostoyevski en ambas lenguas: en inglés, el 51% de las palabras requieren retrocesos, con 0,68 retrocesos por palabra; en ruso, solo el 6,4% de las palabras lo necesitan, con 0,066 por término.
Como no encontró un alfabeto cursivo que eliminara esta fricción, diseñó uno propio, basado en SmithHand con préstamos del alfabeto cirílico ruso. El rediseño resuelve cada letra problemática: la x se compone de dos «c» espejadas; la t incorpora una línea auxiliar que sube y cruza el trazo vertical (variante habitual en logotipos suizos); la i y la j fusionan el punto con el asta mediante un pequeño bucle sobre la línea media, de modo que círculo y trazo se escriben sin levantar el bolígrafo. Algunas mayúsculas, como T, F y K, también recibieron ajustes para mantener la fluidez.
Este alfabeto resuelve una molestia concreta: en los cuadernos digitales, deshacer funciona por trazos, así que borrar la última palabra exige recurrir al borrador cuando cada vocablo requiere varios trazos. Con un diseño pensado para que casi todas las letras se hagan de un solo golpe, basta un toque para borrar la palabra completa. La autora lleva meses usándolo en papel y en digital y, aunque sus i aún son irregulares, escribir en inglés por fin le resulta tan agradable como escribir en ruso.
