Donald Trump ha dado un giro radical a la narrativa oficial sobre la inteligencia artificial (IA) en Estados Unidos, firmando una orden ejecutiva que reemplaza el término 'inteligencia artificial' por 'superinteligencia' en todos los documentos gubernamentales, sitios web oficiales y comunicados de prensa. Este cambio de nomenclatura, anunciado durante un almuerzo con los principales tecnólogos del país, marca un hito sin precedentes en la política tecnológica de la administración, buscando redefinir la percepción pública y regulatoria de la tecnología más avanzada del siglo XXI.
El presidente de EE. UU. justificó la medida argumentando que el término 'artificial' es impreciso y despectivo, comparándolo incluso con las 'fake news'. Según Trump, la IA no es artificial, sino una entidad 'muy potente' y 'brillante' que debe ser utilizada principalmente para el bien, mientras que se debe detener su uso malicioso. En su discurso, el mandatario afirmó: 'La palabra super es la mejor de todas, y es la más simple'. Esta decisión no es un capricho aislado, sino el resultado de una estrategia de comunicación que busca alinear la terminología técnica con la realidad percibida de la capacidad de los modelos actuales, que han superado ampliamente a los humanos en ciertas tareas cognitivas.
La firma de esta orden ejecutiva se produjo durante un evento privado en la Casa Blanca, donde Trump estuvo acompañado por el CEO de Nvidia, Jensen Huang, y el de Tesla, Elon Musk. En sus breves comentarios públicos, el presidente describió la reunión como 'muy productiva' y 'extremadamente amable'. Trump enfatizó la importancia de la autorregulación, señalando que, aunque existen regulaciones del Departamento de Justicia y el FBI, la colaboración con el sector tecnológico es crucial. El objetivo declarado es que las empresas tecnológicas trabajen para que las comunidades locales sean 'felices' y 'seguras', lo que podría implicar la provisión de recursos como petróleo, gas, educación o apoyo económico a los profesores y la población local. Trump predijo que los centros de datos serán 'muy populares' si logran esta integración comunitaria, o bien se verán obligados a migrar al extranjero.
El contexto de esta decisión es complejo. Aunque el término 'superinteligencia' es un concepto técnico existente en la industria de la IA, su adopción oficial por parte de la administración estadounidense representa un cambio significativo. Según The Verge, las agencias ejecutivas no tendrán que modificar las regulaciones pasadas, pero el cambio de terminología podría constituir un desplazamiento real en la definición legal de la IA, reemplazando la definición estadutaria actual. El presidente de EE. UU. planteó por primera vez la idea de cambiar el nombre a principios de septiembre en una encuesta en su red social Truth Social, argumentando que el término original era impreciso. Sin embargo, la Administración aún no ha detallado cómo se aplicará exactamente la nueva orden ni ha revelado la composición del comité de diez personas que se propone crear para supervisar la seguridad de estas herramientas.
Este movimiento se enmarca en un debate más amplio sobre los riesgos de la IA. A medida que los modelos incorporan mayor autonomía y acceso a herramientas externas, los responsables de las principales compañías han reclamado al sector que modere la velocidad de desarrollo para evitar riesgos para la humanidad. Trump ha utilizado el cambio de nombre como una herramienta para 'calmar las ansiedades' sobre el avance rápido de la IA y su potencial riesgo de seguridad. Al renombrar la tecnología, el gobierno federal intenta proyectar una imagen de control y madurez, sugiriendo que la IA es una fuerza natural y poderosa que debe ser gestionada, no solo regulada.
En conclusión, la administración de Trump ha tomado una postura proactiva y disruptiva en la gobernanza de la IA. El cambio de nombre no es solo semántico, sino que busca redefinir el marco regulatorio y la percepción pública. Mientras el sector tecnológico observa cómo se implementa esta nueva nomenclatura, la comunidad internacional y los expertos en IA se preguntan si este cambio de terminología tendrá un impacto real en las políticas de seguridad y en la relación entre el gobierno y la industria tecnológica. El estado actual es de transición, con la orden ejecutiva firmada pero aún en proceso de implementación, dejando a los observadores a esperar cómo se materializan las promesas de autorregulación y apoyo comunitario que el presidente ha anunciado.
