Las funciones hash —esas herramientas matemáticas que permiten verificar, almacenar y proteger información— tienen un origen concreto que suele pasarse por alto. En 1956, Arnold Dumey, matemático formado en la Universidad de Columbia y apasionado de la criptografía desde los catorce años, publicó el primer artículo sobre codificación hash mientras trabajaba en Potter Instrument. En él proponía convertir palabras en números (por ejemplo, «BOX» en base 37 equivale a 3.317) y, mediante una operación de módulo con un primo cercano al tamaño de la memoria, asignar cada palabra a una dirección: 3.317 módulo 97 da 19, de modo que «BOX» se almacena en la posición 19. Aquella técnica, que él llamó indexing, se conoce hoy como hash polinómico y es la misma que emplea el algoritmo Rabin-Karp para buscar cadenas. La palabra hash proviene del francés hacher («trocear») y tardó más de una década en imponerse: el término apareció oficialmente en la obra Digital Computer System Principles, de Herbert Hellerman, a finales de los años sesenta. En criptografía, la idea se reutiliza con un objetivo añadido: proteger datos frente a atacantes. Cuando un usuario se registra en un sitio web, la plataforma guarda f(contraseña) en lugar del texto plano; en cada acceso recalcula la función y compara. La seguridad reside en la irreversibilidad: funciones como los polinomios de grado alto sobre un cuerpo finito o la exponenciación discreta son fáciles de calcular hacia adelante, pero invertirlas resulta computacionalmente inviable —el teorema de Abel-Ruffini y la falta de estructura de los cuerpos finitos eliminan atajos y obligan a un ataque por fuerza bruta—. Estas funciones no son perfectas: las colisiones las debilitan y la computación cuántica amenaza con revertir en un tiempo razonable lo que hoy resulta imposible, lo que impulsa el desarrollo de la criptografía poscuántica. Además de almacenar contraseñas, los hashes criptográficos sustentan las firmas digitales y la tecnología blockchain.
