Un ingeniero reflexiona, tras la reciente muerte de su padre, sobre los aprendizajes que moldearon su forma de pensar desde los veinte años. Articula tres ejes. Primero, la necesidad de examinar la propia estructura de incentivos y no creer todo lo que se piensa: la ansiedad por el impacto del trabajo propio suele ser un halago al ego, y rara vez se sostiene históricamente; conviene preguntarse «¿de qué modo puedo ser el villano de esta historia?» y practicar la metacognición. Segundo, el determinismo monoc causal es una ilusión útil dentro de la informática, pero ajena al mundo real: los equipos físicos son probabilísticamente deterministas, los procesos son multicausales y el ruido de medición existe; el método científico es además un clasificador sesgado contra aceptar verdades que quedarán, por ello, sin demostración formal. Tercero, la separación occidental entre razón y emoción es un constructo cultural sin base en neurociencia: el sistema nervioso entérico contiene tantos neuronas como la corteza cerebral de un perro, y las emociones vehiculan información del cuerpo a la decisión; eliminar esa fuente degrada la calidad de las decisiones. El autor cierra confesando que probablemente habrá más lecciones, pero estas tres reaparecen en su vida con frecuencia asombrosa, y espera que resulten útiles a quien las lea.
