El 9 de julio de 1962, Estados Unidos detonó Starfish Prime, una cabeza nuclear de 1,44 megatones —cien veces más potente que la de Hiroshima—, en órbita baja terrestre con el objetivo de ensanchar el cinturón de Van Allen y levantar un escudo natural contra misiles soviéticos. La explosión deformó el anillo de radiación, pero también generó auroras anómalas sobre Hawái, Tonga y Samoa, dañó satélites y sistemas eléctricos y provocó apagones a más de 1.000 kilómetros del punto de la detonación. La radiación residual en el cinturón obligó a estudiar el riesgo para los astronautas del Apolo 11 en 1969, aunque finalmente se descartó un peligro grave para la misión. El episodio motivó la firma en 1963 del Tratado de Prohibición Limitada de Ensayos Nucleares, que vetaba los ensayos en atmósfera, espacio y fondo marino, y en 1967 del Tratado del Espacio Exterior. Seis décadas después, el físico Areg Danagoulian, del MIT, plantea reutilizar el propio cinturón de Van Allen como detector: un satélite con material nuclear, al cruzarlo, produciría espalación de neutrones en el uranio, y un sensor específico identificaría esa firma para alertar de armas nucleares espaciales no declaradas. El equipo ha publicado un estudio de viabilidad y reconoce que quedan retos técnicos de discriminación de señales.
