El ensayo analiza la valoración de 1,77 billones de dólares de SpaceX en su salida a bolsa —la mayor de la historia, por encima de los 1,7 billones de Saudi Aramco— y examina si las proyecciones que la justifican son realistas. Solo un 4% del capital se ofrece al público; el 96% permanece en manos de insiders. Los ingresos de SpaceX pasaron de 4.600 millones en 2022 a 18.700 millones en 2025, cuadruplicándose en tres años.
Para sostener ese precio, Morgan Stanley proyecta 3,4 billones de dólares en ingresos para 2040, lo que exige una tasa de crecimiento del 41,5% anual durante quince años. El texto sitúa esa cifra en perspectiva: Tesla creció al 62% desde una base de 117 millones de dólares, y solo unas pocas compañías históricas igualaron o superaron el 41,5%. Sin embargo, partiendo de una base 160 veces mayor, la exigencia sobre SpaceX es estadísticamente excepcional: un 44% más allá del mejor registro observado (el 1,49× de Tesla), situándola como outlier.
El análisis añade dos reparos: la hipótesis asume un margen EBITDA del 79%, frente al 55% de Aramco o al 45% del software, y convertiría a SpaceX en cinco veces Walmart, equivalente al 6% del PIB estadounidense. Además, la reforma de Nasdaq elimina el mínimo de free float y crea un proceso rápido de 15 días para las 40 mayores firmas, lo que forzará a fondos indexados a comprar unos 60.000 millones en una participación inferior al 5%. El precio lo fija el índice, no el libre descubrimiento del mercado. Cuando expire el lock-up, los insiders venderán sobre esa demanda. La tesis del ensayo es que la coherencia del relato —una empresa real, un mercado enorme, precedentes de crecimiento— se construye en el roadshow para que el índice compre y el lock-up se levante. El valor, argumenta, nunca estuvo en 2040: siempre estuvo en el rebalance.
