Sin centros de datos en mi patio: dinero, energía y populismo en la expansión de la IA

Fuentes: No Data Centers In My Backyard

La periodista Jasmi Kalaf recorre durante diez días cuatro localidades del medio oeste estadounidense —Janesville (Wisconsin), entre ellas— para entender por qué la oposición a los grandes centros de datos se ha convertido en uno de los movimientos ciudadanos con mayor respaldo bipartidista del país, con un 70% de estadounidenses en contra según encuestas de Marquette. El reportaje arranca con el caso del antiguo solar de la planta de GM en Janesville, una parcela contaminada de unas 100 hectáreas que el promotor Viridian Partners se ofrece a limpiar a cambio de levantar allí un centro de datos que generaría unos 4,8 millones de dólares anuales en impuestos. El corredor inmobiliario Adam Shultz defiende la operación como la mejor oferta posible para un terreno que rechazó doscientos compradores por la toxicidad del suelo. Frente a él, tres vecinas —Alyssa Capozziello, Kaycee Peterson y Cathy Erdman— relatan cómo descubrieron que el consistorio negociaba con los desarrolladores bajo acuerdos de confidencialidad, cómo forzaron la dimisión del administrador municipal y cómo acaban de conseguir un referéndum que somete a votación cualquier proyecto urbanístico de más de 450 millones de dólares. El texto describe cómo el movimiento combina recelos ambientales —consumo de agua y energía, líneas de alta tensión nuevas—, desconfianza hacia los acuerdos fiscales con multinacionales y una memoria industrial que aún pesa en ciudades monoindustriales. Kalaf conecta estas protestas locales con el debate nacional sobre el despliegue de la IA, los costes eléctricos y el papel de los gigantes tecnológicos como OpenAI, a la vez que advierte del creciente peso electoral del activismo NIMBY digital.