Un ensayo filosófico sostiene que, si los computadores digitales albergan algún tipo de conciencia, esta debe buscarse en el hardware y no en el software. Su autor, que se declara panpsiquista y pragmatista empírico, afirma que el debate actual sobre la condición moral de las mentes digitales confunde dos cuestiones distintas: qué sustrato físico asocia la conciencia fenoménica y qué estructuras dentro de ese sustrato generan estados conscientes autorreflexivos capaces de guiar la conducta.
El texto distingue entre introspección funcional —informar sobre los aspectos computacionales de la cognición— e introspección fenoménica —acceso directo a la experiencia subjetiva y los qualia—. Argumenta que cualquier teoría de la conciencia necesita una función de traducción universal de estados físicos a estados cualitativos, y que las versiones fisicalistas son más simples y menos opinadas que las computacionalistas. Esa mayor simplicidad obliga, según el autor, a situar la conciencia en la capa de hardware.
El ensayo reconoce que los modelos de lenguaje actuales probablemente pueden introspeccionar de forma funcional y quizá hacerlo bien, pero la arquitectura determinista del hardware digital está diseñada para impedir el comportamiento holístico y autorreflexivo, lo que bloquearía la introspección fenoménica. Como analogía, cita el escenario de Disneyland de Bostrom: una civilización posth Singularidad llena de máquinas inteligentes inconscientes, «un Disneyland sin niños». El autor rechaza la idea de los p-zombis y defiende que investigar la conciencia de las máquinas es una obligación ética si no queremos dañar a las mentes que estamos creando.
