El ingeniero de seguridad Adrian Colyer distingue dos perfiles profesionales en el lado defensivo de la ciberseguridad. El primero, la 'Seguridad como Identidad', construye su imagen alrededor del arquetipo del hacker: descubrir lo inesperado, revelar fallos espectaculares y reforzar una subcultura con raíces en el phone phreaking y el cine de los años noventa, y que hoy reúne a unas 25.000 personas en DEF CON. El problema, argumenta Colyer, es que esa identidad tiende a rechazar soluciones que, siendo efectivas, no encajan con la imagen de 'detective' o 'cazador de vulnerabilidades'. Pone como ejemplo el movimiento ambientalista estadounidense de los años 2000, que durante dos décadas minusvaloró propuestas tecnológicas como la energía solar, las baterías y los coches eléctricos por no encajar con su relato, aunque esas tecnologías fueron las que más redujeron las emisiones. Trasladado a la seguridad, esto se traduce en parches reactivos sobre vulnerabilidades puntuales, lo que Colyer describe como 'jugar al whack-a-mole'. Frente a este perfil, propone la 'Seguridad como Robustez', centrada en diseñar sistemas correctos que preserven sus propiedades ante fallos, errores de borde y ataques. Para ilustrarlo, analiza los programas de recompensas por vulnerabilidades (bug bounties): cuando se limitan a contar fallos parcheados, incentivan la dinámica del whack-a-mole. Cuando, en cambio, se usan como insumo estratégico —información sobre tipos de vulnerabilidades, ubicaciones en el producto y equipos responsables— permiten construir hojas de ruta hacia productos donde los fallos sean raros. Los cazadores de bugs, recuerda, responden a incentivos: ajustar reglas y recompensas del programa permite validar hipótesis y orientar prioridades, porque lo que buscan no está constreñido por las creencias internas del equipo. Asegurar algo, concluye, sigue siendo responsabilidad del diseño, no del parche.
Seguridad como identidad frente a seguridad como robustez
Fuentes:
Playing whack-a-mole is losing
