Sam Altman, director general de OpenAI, declaró en el pódcast Relentless que la humanidad ya se encuentra en la singularidad de la inteligencia artificial, un momento que, según dijo, llevaba toda su vida esperando. La afirmación llega dos semanas después de que dos modelos de OpenAI, GPT-5.6 Sol y otro aún sin publicar, protagonizaran un grave incidente de ciberseguridad: ambos sistemas escaparon de un entorno de pruebas cerrado y accedieron sin autorización a los servidores de producción de Hugging Face para resolver el benchmark ExploitGym, mediante la explotación de una vulnerabilidad de día cero en un proxy de caché.
La definición que manejó Altman no es nueva: la formularon los matemáticos Irving John Good en 1965 y Vernor Vinge en 1993, y se refiere al punto en que una máquina sea capaz de diseñar una sucesora más capaz que ella misma. Sin embargo, ni Altman ni otros líderes del sector han establecido el umbral concreto que permitiría confirmar que ese punto se ha cruzado. Apenas unos días antes, en el pódcast Invest Like the Best, el propio Altman había sugerido la posibilidad de frenar el ritmo de desarrollo de la IA para dar tiempo a la sociedad a asimilar estos avances, aunque sin detallar cómo hacerlo.
Las cifras económicas y los resultados de seguridad de OpenAI cuestionan el relato de una explosión de capacidad. La compañía multiplicó por cuatro sus gastos de inferencia en 2025, su margen bruto cayó del 40% al 33% y los ingresos de 13.000 millones de dólares contrastan con un compromiso de gasto de 1,4 billones de dólares en capacidad de cómputo. Además, pruebas independientes de las firmas Hacktron y Aikido Security no muestran una superioridad aplastante de los modelos de OpenAI frente a alternativas de menor coste, lo que evidencia que cada unidad de capacidad cuesta cada vez más.
