La fecha de 476, presentada通常 como el final del Imperio romano de Occidente, no supuso un corte real ni en las instituciones ni en la vida cotidiana. El general Odoacro depuso al último emperador, envió las insignias imperiales a Constantinopla y gobernó Italia como rey, pero conservó intacto el funcionariado romano. Sobre esa estructura se asentó Teodorico, rey godo y cristiano arriano, que reinó entre 493 y 526, treinta y tres años, más que los nueve emperadores occidentales anteriores juntos. Teodorico creció como rehén en Constantinopla, lo que le permitió conocer el sistema romano desde dentro, y fue enviado por el emperador oriental para deponer a Odoacro, tarea que culminó con un asesinato durante un banqueto.
El mantenimiento de la maquinaria imperial se apoyó en una reforma iniciada por Diocleciano y completada por Constantino: la separación entre mando civil y militar. Esa doble vía de autoridad permitió acoplar el ejército gótico al aparato estatal sin disolver la administración civil. La burocracia, dirigida por funcionarios romanos como el prefecto del pretorio Liberius, siguió repartiendo tierras a los soldados godos mediante certificados (pittacia), redactando la correspondencia oficial en el estilo de cancillería imperial y manteniendo al Senado en funciones. Teodorico recibió los títulos de magister militum y patricius, que legitimaban su papel de custodio del Estado romano, y los cónsules occidentales siguieron siendo designados y confirmados por Constantinopla.
El equilibrio se quebró en 523, cuando la política de Constantinopla contra los aryanos激起 las sospechas de Teoderico sobre la élite italiana y desencadenó el juicio de Boecio, autor de La consolación de la filosofía en la cárcel. Una década después de la muerte del rey, la inestabilidad sucesoria gótica y la posterior reconquista de Justiniano provocaron el desmoronamiento del reino ostrogodo. La verdadera desarticulación social, señala el texto, llegó medio siglo después de la fecha simbólica de 476, cuando Venecia se fundó como refugio ante la violencia en tierra firme. La tesis central es que el cambio político no destruye una cultura con la misma rapidez que la devastación física: la civilización romana se apagó lentamente, como un largo crepúsculo.
