Tras pasar varias semanas sin tocar un ordenador durante sus vacaciones de verano, la autora regresó al trabajo y se encontró con una estampa reveladora: once pestañas abiertas en cmux, cada una con agentes de inteligencia artificial pausados a mitad de tareas, y decenas de chats sin leer en Claude, desde la declaración de la renta hasta ideas de jardinería. La escena funcionó como espejo de un patrón de uso que describe como una muleta que ha debilitado su curiosidad, su confianza y, probablemente, su estado de ánimo.
El artículo desgrana cómo los agentes y chatbots se habían convertido en una capa intermedia entre ella y las tareas que le generan estrés, una especie de tótem protector que sustituye el enfrentamiento directo con el trabajo. Relata también conversaciones interminables con ChatGPT mientras caminaba o conducía, justificadas como lluvia de ideas pero dependientes de un interlocutor poco crítico y poco útil para el trabajo real. Y describe la paradoja de la "productividad circular": usar herramientas diseñadas para ahorrar tiempo con el único fin de maximizar el uso de esas mismas herramientas.
Lejos de una condena absoluta a la tecnología, la autora propone un uso deliberado y contextualizado. Cuenta cómo, antes de escribir el texto, usó un agente para revisar un proyecto de trabajo: darle contexto, restringir su alcance y esperar resultados concretos sobre lagunas en sistemas y documentación. La regla que extrae es clara: la persona marca el ritmo y la dirección, y la IA entra a la conversación puntualmente y con criterio. La fórmula que resume es "el humano es el bucle, y etiqueta al agente de vez en cuando, con cuidado".
