En el derecho de autor estadounidense, el código escrito íntegramente por una inteligencia artificial carece de autor humano, no puede registrarse y, en la práctica, no puede defenderse como un activo de la empresa. Esta es la advertencia que un número creciente de fundadores, responsables de ingeniería y abogados están incorporando a sus procesos de lanzamiento, según el enfoque recogido en el análisis 'Who owns the code?'.
La pieza distingue cuatro puntos que los equipos suelen pasar por alto. Primero, la autoría la decide quién realiza el trabajo expresivo, línea por línea: si la IA toma las decisiones creativas, el código no está authored por una persona y queda desprotegido. Segundo, en una base de código mixta, solo las partes con contribución humana significativa son protegibles; los fragmentos generados por la herramienta permanecen sin cobertura hasta que un humano los reelabora. Tercero, una licencia de código abierto necesita un titular que la otorgue: colocar una licencia open source sobre salida pura de IA no genera derechos exigibles, porque no hay dueño detrás. Cuarto, la cuestión dista de ser teórica: el texto repasa resoluciones y dictámenes recientes que han consolidado la exigencia de autoría humana como norma vigente, salvo intervención del Congreso.
El artículo cierra con un llamado a auditar el código antes del próximo release, mapeando qué partes proceden de IA y dónde se rompe la cadena de propiedad. La recomendación interesa a startups y equipos jurídicos que despliegan asistentes de programación en producción.
