Un creciente número de profesionales del sector tecnológico critica el uso de la inteligencia artificial generativa como sustituto del trabajo intelectual, y advierte de los costes de leer material producido por un modelo de lenguaje sin supervisión humana. Rick Manelius, responsable de producto de IA, ha fijado una política directa: si quien escribe no se molesta en revisar y editar lo que produce, él no se molestará en leerlo.
Manelius, que se declara partidario de la IA, lamenta recibir en Slack y en presentaciones de PowerPoint textos generados por un LLM sin filtro, con exceso de ingeniería, errores, relleno irrelevante o directamente alucinaciones. Niklas Gruhn resume el problema con el concepto de "meat proxy": limitarse a reenviar la salida de la IA exige al lector un esfuerzo extra, porque el resultado es verboso, denso en jerga y está plagado de afirmaciones plausibles pero falsas. La solución que propone es leer, entender, validar y reescribir en palabras propias antes de responder.
El debate coincide con la advertencia de la BBC sobre el "brain rot" asociado al uso pasivo de la IA. Los autores recuerdan además el coste energético e hídrico de generar texto automático sin valor añadido y defienden que pensar —y no delegar el pensamiento— sigue siendo el trabajo por el que se paga a un profesional.
