Un error del panel de control de visualización que truncaba un valor justo delante de sus autores llevaba años sin resolverse en equipos de usuarios. Cuando el proveedor del software recibió los análisis, pidió revisar las versiones de los controladores de vídeo afectados: los sistemas bloqueados ejecutaban builds muy antiguas, del orden de la 314, frente a builds actuales próximas a la 2718. El fallo fue corregido hace tiempo por el fabricante del controlador gráfico, pero el arreglo nunca llegó a los usuarios afectados.
La explicación está en el modelo de distribución de drivers de vídeo en Windows. Los fabricantes de ordenadores certifican los controladores para sus equipos tras probar combinaciones específicas de hardware, a menudo con versiones personalizadas de las tarjetas gráficas. Tras la venta, esa responsabilidad se mantiene: el fabricante del PC debe certificar las actualizaciones, algo que en la práctica solo hace durante uno o dos años, como máximo, antes de abandonar el modelo. Los clientes quedan entonces atrapados con los drivers vigentes cuando cesó la certificación.
Microsoft ofrece controladores genéricos y los marca como baja prioridad para que prevalezcan los del fabricante del equipo. Del mismo modo, los drivers directos del fabricante de la tarjeta gráfica quedan relegados. El resultado es un ecosistema donde el driver certificado, aunque quede obsoleto, sigue teniendo precedencia sobre versiones mucho más modernas y corregidas.
