Sam Smith, ingeniero de software, explica en primera persona por qué utiliza a diario teclados compactos y qué ventajas le aportan en su trabajo. Cuenta que construyó su primer teclado en 2014, un Atreus de 44 teclas con una cortadora láser, que abandonó cuando volvió a jugar a DotA. En 2020 dio con el Corne, un teclado dividido de 42 teclas y 3x6 con tres teclas por pulgar, al que atribuye parte de su adopción el hecho de empezar a trabajar como programador y perder interés en aquel videojuego. Desde entonces, el Corne se ha convertido en su teclado principal.
El artículo rebate el argumento habitual de los programadores que defienden los teclados de tamaño completo por la necesidad de símbolos y teclas de función. Para Smith, la lógica es la contraria: las teclas más usadas deben estar lo más cerca de la fila de reposo. Ilustra la idea con dos ejemplos: la apertura de paréntesis, frecuente desde que programa en Clojure, y el acceso a la fila de funciones, que en un teclado estándar obliga a desplazar toda la mano.
Como contrapeso, reconoce la principal desventaja de estos teclados: la curva de aprendizaje, sobre todo para teclas de uso infrecuente. Los teclados estándar optimizan la accesibilidad visual; los compactos premian a quien está dispuesto a memorizar capas. Smith menciona variantes aún más radicales, como los teclados de 36 teclas con modificadores en la fila de reposo, aunque por ahora considera que 42 teclas ofrecen el mejor equilibrio entre eficiencia y similitud con un teclado convencional.
