Un usuario con experiencia técnica sostiene que los discos duros tienden a llenarse sin importar su capacidad, un fenómeno que se repite con cada salto generacional de almacenamiento, desde los 80 MB de los años noventa hasta los varios terabytes actuales. En su propio equipo, la unidad raíz dispone de solo 17 GB libres sobre 470 GB utilizables (3 %), y un disco secundario de 12 TB muestra apenas 140 GB libres, alrededor del 1 %. Una encuesta informal en Mastodon con 81 respuestas apunta a que cerca de la mitad de los encuestados tenía un disco por encima del 75 % de ocupación.
El texto propone dos explicaciones complementarias. La primera es entrópica: existen más formas de llenar un disco que de mantenerlo vacío, de modo que los cambios aleatorios empujan hacia el llenado. La segunda es conductual: un disco lleno no se percibe como problema hasta que ya no admite nuevos archivos, y llegado ese punto la limpieza exige evaluar cada fichero, una tarea que casi nadie completa, lo que perpetúa el ciclo.
El autor traslada el razonamiento a otros ámbitos, como el software (optimización tardía, deuda técnica), las infraestructuras (carreteras que solo se amplían cuando hay atascos) o la gestión del tiempo, donde el exceso de capacidad no reduce la sensación de carga. Para romper la paradoja, sugiere imponer restricciones deliberadas —como un presupuesto— o entornos limitados, por ejemplo desplegar software en una Raspberry Pi para forzarlo a ser eficiente, en línea con la paradoja de Jevons: más recursos no implican proporcionalmente más productividad, sino el mismo trabajo con mayor coste.
