El 1 de septiembre marca el inicio del curso en muchos países, pero en la Francia del siglo XIX la vuelta a clase no se organizaba pensando en el reposo de los alumnos. En una sociedad profundamente rural, el calendario escolar tenía que convivir con cosechas, vendimias y familias que necesitaban mano de obra infantil estacional, lo que condicionó las fechas de la rentrée hasta bien entrado el siglo XX.
La ley Guizot de 1833 limitó a seis semanas las vacaciones de primaria y dejó en manos de los prefectos la decisión de cuándo se disfrutaban. Aún después de que las leyes Ferry de 1882 establecieran la enseñanza obligatoria, mantener a los niños en las aulas todo el año seguía siendo difícil. El ministro Victor Duruy reconoció por escrito en 1866 que resultaba imposible fijar fechas únicas para toda Francia porque ni el clima ni los cultivos eran homogéneos.
En 1887 la Tercera República amplió las vacaciones de primaria de seis a ocho semanas, concentradas entre el verano y comienzos de octubre, para que los menores pudieran participar en las tareas agrícolas. Mientras tanto, los colegios y liceos de secundaria, reservados a las clases acomodadas, ya disfrutaban de hasta doce semanas de pausa, alineadas con la temporada de caza de las élites. En 1922 se añadieron días hasta fijar el periodo entre finales de julio y finales de septiembre, y en 1938 el ministro Jean Zay armonizó primaria y secundaria entre el 14 de julio y el 30 de septiembre. La aprobación de las vacaciones pagadas en 1936 y la industrialización transformaron progresivamente aquella pausa rural en el verano moderno.
