Por qué la biología debería enseñarse asombrando

Fuentes: I should have loved biology

El escritor James Somers sostiene que la biología debería ser una de las materias más fascinantes del currículo y, sin embargo, suele presentarse como una árida lista de nombres: aparato de Golgi, ciclo de Krebs, mitosis, meiosis, ADN, ARN. En los manuales, hechos asombrosos aparecen sin asombro. Nadie le dijo, por ejemplo, que todas las células del cuerpo comparten el mismo ADN, ni le sacudió por los hombros para que entendiera la locura que eso implica. Recuerda a Lewis Thomas, que en 'La medusa y el caracol' describe el embrión humano como una célula única cuyo linaje termina dando lugar al cerebro, un prodigio que debería llenar las conversaciones cotidianas.

Somers reclama una enseñanza basada en preguntas, no en respuestas: cómo se diferencia un embrión, por qué sus ojos son azules, cómo un hámster transforma el queso en músculo, por qué el coronavirus enferma más a unos que a otros. Frente a la pedagogía del procedimiento —fórmulas, listados y nomenclatura vacía—, propone aprender mediante 'rebanadas finas y profundas', eligiendo proyectos propios que motiven y organicen el conocimiento, como descubrió al aprender a programar. Ejemplifica con el experimento de Oswald Avery, que en los años cuarenta purificó el 'principio transformante' de la bacteria Streptococcus y abrió el camino hacia la doble hélice, una historia que nunca apareció en sus libros de texto. Y compara la biología con la informática: ambas materias comparten un fondo físico y una complejidad fractal, pero la biología no está diseñada intencionadamente, lo que la convierte en un sistema opaco de excepciones sobre excepciones. Aprender, concluye, empieza por hacerse buenas preguntas.