La bicicleta moderna no apareció hasta finales del siglo XIX, pese a ser una invención mecánica aparentemente sencilla. El ensayo examina las hipótesis habituales para explicar ese retraso y las somete a escrutinio. Los factores tecnológicos —mejora de la metalurgia, acero barato, ruedas con radios tensados, caucho vulcanizado (1839), neumáticos hinchables (1887), cadenas, engranajes y rodamientos de bolas— fueron necesarios para fabricar un vehículo práctico y asequible, pero no para los primeros prototipos, que podían construirse con madera, correas o pedales de palanca. La calidad de los caminos no basta como explicación, porque las bicicletas podían usarse sobre tierra y, de hecho, fueron los propios ciclistas quienes reclamaron mejoras viarias. La competencia del caballo tampoco cierra el debate: la bicicleta era más barata de mantener y ya existían inventores que buscaban vehículos de propulsión humana desde mucho antes. La clave, según el autor, está en el modelo mental: durante siglos los intentos imitaron al carruaje —vehículos de cuatro ruedas accionados por cuerdas, poleas y engranajes, como los descritos por Giovanni Fontana en el siglo XV y por Jacques Ozanam en 1696— y resultaron demasiado pesados. El salto decisivo lo dio Karl von Drais a principios del siglo XIX al concebir un «caballo mecánico» de dos ruedas, antecedente directo de la draisina y, con el tiempo, de la bicicleta con pedales.
