La iluminación de cielo oscuro (dark-sky lighting) es una estrategia de iluminación exterior que reduce la contaminación lumínica sin sacrificar la visibilidad. Consiste básicamente en apantallar completamente las luminarias para dirigir la luz hacia el suelo, utilizar tonos ámbar en lugar de blanco o azul, y limitar la intensidad al mínimo necesario, con regulación mediante temporizadores o detectores de movimiento.
Este enfoque reporta beneficios en seis frentes. En seguridad vial y ciudadana, elimina el deslumbramiento incapacitante que provocan los faros y farolas blancas; un estudio de 14 años sobre 62 autoridades de Inglaterra y Gales no halló aumento de accidentes ni delitos tras reducir la iluminación. En salud, la oscuridad nocturna favorece el ritmo circadiano y reduce la exposición a luz azul, asociada con insomnio, obesidad, enfermedades cardiovasculares y ciertos cánceres. En ecosistemas, la luz artificial altera la fauna nocturna —aves, tortugas marinas, anfibios, insectos como las luciérnagas— y la iluminación ámbar mitiga ese impacto.
En confort, los tonos cálidos similares a la puesta de sol o la luz de vela resultan más agradables por la noche y favorecen el sueño; ciudades como Davis (California) ya han revertido la instalación de LED blancos por las quejas vecinales. Energéticamente, el 30 % de la iluminación exterior de EE. UU. se desperdicia, con un coste de 3 300 millones de dólares anuales. Por último, permite recuperar la visión del firmamento: Flagstaff (Arizona), con más de 70 000 habitantes, aplica estas técnicas y la Vía Láctea es visible desde el aparcamiento de un centro comercial.
La iniciativa partió de Flagstaff Dark Skies Coalition en los años cincuenta, y hoy existen más comunidades certificadas como International Dark Sky Community y modelos de ordenanzas municipales disponibles. El texto también ofrece cartas modelo para reclamar a los ayuntamientos el uso de LED ámbar en lugar de blanco.
