La industria cinematográfica estadounidense, arraigada en Los Ángeles desde la década de 1910 gracias al clima, los paisajes variados y la lejanía de la aplicación de patentes de Edison, vivió durante décadas un modelo de producción en lotes de estudio que funcionaba como una cadena de montaje: bajo coste, sets disponibles y equipos cualificados permitían rodar entre cuatro y seis películas al año. Ese modelo se erosionó por dos tendencias: el auge del blockbuster a partir de los años setenta (El Padrino, Tiburón, Predator), que obligó a buscar localizaciones exóticas para amplificar la escala, y la expansión del cine basado en franquicias y propiedad intelectual a partir de los 2000, que disparó los presupuestos y empujó a los estudios hacia ciudades con incentivos fiscales como Vancouver, Atlanta o Londres.
La consecuencia ha sido una emigración productiva sostenida fuera de Los Ángeles y, con frecuencia, fuera de Estados Unidos. Para un gran blockbuster los créditos fiscales equivalen a decenas de millones de dólares, lo que permite financiar estrellas, secuencias de acción y efectos digitales. La disparidad entre el lugar donde se ambienta la historia y donde se rueda se ha ampliado: el skyline de Toronto suplanta a Nueva York y las calles de Praga hacen de cualquier ciudad europea. La mayoría de los espectadores, según argumenta el autor, no detecta estas sustituciones ni las considera relevantes.
La preocupación se reavivó tras los paros laborales de 2023 y los incendios de 2025 en Los Ángeles. Las cineastas Sarah Smith y Alexandra Pechman impulsaron la campaña #StayInLA, que reunió más de 20.000 firmas y el respaldo de figuras conocidas. El artículo enmarca la fuga de rodajes como síntoma de la "enfermedad del coste": industrias con ganancias de productividad limitadas, como el cine, se encarecen de forma sostenida, lo que empuja la producción hacia donde la mano de obra es más barata.
