Por qué explicar las cosas como si fueras un niño de 10 años funciona

Fuentes: Explain it to me like I’m ten

En 2012, Randall Munroe, autor del cómic xkcd, popularizó la idea de explicar temas complejos solo con las mil palabras más comunes del diccionario en su diagrama Up Goer Five. La iniciativa arrancó un debate: mientras unos la celebraban, otros, como el divulgador Carl Zimmer, la tachaban de condescendiente. Lo cierto es que imponer restricciones contraintuitivas suele dar resultados sorprendentes: Theodor Geisel (Dr Seuss) aceptó el reto de escribir un libro infantil con solo 225 palabras y creó El gato ensombrerado; luego apostó a que escribiría otro con únicamente 50 palabras distintas, y ganó con Verdeganos y jamón.

El columnista Tim Harford, autor de The Truth Detective, defiende que la fórmula "explícamelo como si tuviera diez años" no es un capricho: recuerda al experto que lo obvio para él resulta incomprensible para quien escucha, y que el dominio técnico dificulta precisamente ponerse en el lugar del neófito. Esa misma lógica se repite en el diseño: cuando el Ejército estadounidense adaptó los chalecos antibalas a soldados mujeres y pasó de once tallas a ocho módulos combinables, también los hombres encontraron mejoras. Diseñar para usuarios con movilidad reducida, discapacidad sensorial o edad avanzada —como los mangos ergonómicos Oxo pensados para la esposa artrítica de su fundador— acaba beneficiando a casi todos.

La lección, según Harford, no es instrumentalizar la accesibilidad, sino asumir que ponerse en la piel de un niño de diez años —o en la de una persona mayor que no puede abrir un tarro— muchas veces es el mejor acicate para hacer mejor el trabajo que ya intentábamos hacer.