El contacto directo con la tierra, la corteza de los árboles, el musgo o la arena incrementa la diversidad de microorganismos presentes en la piel y, con ella, la capacidad del sistema inmunitario para regularse. Así lo demuestran varios estudios recientes liderados desde Finlandia, donde un grupo de investigadoras ha convertido los patios de las guarderías en pequeños bosques para medir ese efecto en niños de corta edad.
Una de las claves es la llamada hipótesis de la biodiversidad: cuando la piel aloja una comunidad microbiana variada, las bacterias beneficiosas compiten por el espacio y dificultan la proliferación de patógenos. El equipo de Marja Roslund comprobó que los menores que jugaban sobre suelo forestal presentaban, al cabo de un año, mayor diversidad cutánea y menos microbios potencialmente dañinos que los que jugaban en patios pavimentados. Además, en su sangre se detectaron más citoquinas antiinflamatorias y más linfocitos T reguladores, células que evitan respuestas inmunitarias excesivas.
Los beneficios no se limitan a la infancia: un experimento con adultos que cultivaron hortalizas en macetas durante un mes mostró que el uso de tierra microbiológicamente rica aumentaba la diversidad bacteriana de la piel y reducía marcadores de inflamación. Los autores subrayan que aún no puede afirmarse que el contacto con la naturaleza prevenga asma o alergias, aunque sí parece reducir el riesgo de desarrollar esas y otras enfermedades inmunitarias. El mensaje práctico es sencillo: tocar árboles, sentarse en la hierba o manipular tierra con frecuencia —no solo veinte segundos— es una forma accesible de cuidar la piel y, con ella, la salud general.
