El 24 de junio, Venezuela sufrió un doblete sísmico excepcional: dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5 ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia en Yaracuy, con hipocentros a entre 10 y 20 kilómetros de profundidad. La sacudida se sintió en Colombia, el norte de Brasil y varias islas del Caribe, como Aruba, Bonaire y Curazao. La combinación de magnitud, escasa profundidad y el intervalo mínimo entre ambos sismos multiplicó los daños estructurales.
El ingeniero civil Alan Damián Sánchez Pulido, de la Universidad Iberoamericana, explica que Venezuela se sitúa en el límite entre las placas del Caribe y la Sudamericana, cuyo desplazamiento lateral —y no la subducción, como en México— favoreció la sucesión de dos eventos de gran magnitud. A ello se suma la falta de cultura de prevención sísmica en la población.
El experto añade que el corto intervalo entre los sismos resultó determinante: muchas estructuras sufrieron daños iniciales que no pudieron ser evaluados antes de la segunda sacudida, lo que alteró su comportamiento previsto. Además, el fenómeno de resonancia entre la frecuencia natural de algunos edificios y la energía liberada, sumado a la diversidad de suelos, provocó colapsas heterogéneos incluso entre inmuebles contiguos. Las regulaciones venezolanas, según Sánchez Pulido, son menos detalladas que las mexicanas en la clasificación de suelos.
Miles de familias, como las de Verónica Cañas, Carolina Armas y Eduardo Burger, esperan aún la inspección de Protección Civil para regresar a sus viviendas, mientras organizaciones humanitarias como Project Hope alertan sobre la escasez de medicamentos, vendas y herramientas de rescate.
