Los cables USB-C comparten conector, pero pueden esconder diferencias enormes: un cable básico de 480 Mbps (USB 2.0) es visualmente idéntico a uno certificado USB 4 capaz de mover 40 Gbps, o a otro preparado para entregar más de 100 W a un portátil. La clave interna está en el chip e-marker, obligatorio en cualquier cable que cargue por encima de 60 W o transfiera datos más rápido que USB 2.0. Sin él, el cable nunca aprovechará su capacidad real, y a simple vista es imposible saber si lo lleva.
Para salir de dudas sin abrir el cable, basta con un tester USB-C de bajo coste, como el modelo de 15 dólares usado por el autor. Se intercala entre el cable y un cargador potente y muestra en pantalla el voltaje negociado (5 V, 9 V, 15 V, 20 V…), el amperaje y, sobre todo, los vatios reales que entrega el cable. Los testers más avanzados leen además el e-marker e informan de la velocidad de datos máxima.
La rutina del autor consiste en probar cada cable, anotar su capacidad real y etiquetarlo físicamente con una rotuladora: uno queda reservado para cargar el portátil a máxima potencia y otro para los AirPods. La crítica de fondo es que la industria aún no ha impuesto un etiquetado o código de color estandarizado en los cables USB-C, obligando al usuario a verificar por su cuenta lo que compra.
