Dos incidentes recientes en el Reino Unido ilustran un fenómeno asociado a las temperaturas extremas: una rama cayó sobre una pista de bolos en Leamington Spa mientras jugadores se resguardaban, y la diputada Fleur Anderson informó en el Parlamento de que un árbol adulto se desplomó sobre su vivienda. Ambos episodios se enmarcan en la ola de calor que afecta al país, con registros cercanos a los 38 °C.
Según la doctora Anna Gardner, investigadora del Instituto de Investigación Forestal de la Universidad de Birmingham, los árboles sometidos a calor y sequía prolongados pierden más agua por las hojas de la que pueden absorber del suelo. Ese estrés hídrico altera las propiedades físicas de sus tejidos y reduce el margen de seguridad frente a fallos mecánicos, lo que aumenta la probabilidad de que ramas grandes se desprendan por su propio peso, incluso en condiciones de calma. La respuesta varía según la especie, la edad y el estado general del árbol.
Algunos ayuntamientos han pedido a los ciudadanos que eviten sentarse bajo la sombra de los árboles ante el riesgo de caídas repentinas de ramas, un fenómeno conocido como síndrome de caída súbita de ramas y posiblemente vinculado al calor extremo. Investigadores estudian ahora cómo reaccionan las distintas especies y qué diferencias existen entre los árboles urbanos y los de bosques, con el fin de mejorar su cuidado para que sigan prestando servicios como la refrigeración de ciudades, la mejora de la calidad del aire y el apoyo a la biodiversidad.
